martes, 9 de octubre de 2012

Y pensar que nunca llovio...


Llovía. No demasiado, pero lo suficiente como para escuchar el sonido armonioso de las gotas caer sobre el tejado. Yo, amaba ese sonido…
Estoy recostado en mi cama, leyendo algún libro en silencio que acabo de sacar de la biblioteca, sorprendido de repente por un fuerte diluvio, el cual hace que repose el libro sobre mi pecho, y contemple por la ventana el caer de la lluvia y su danzar con el viento. ¡Ahhh! ¡Mi terrible imaginación! Años ya hacen que no puedo concretar semejante placer. No es que sea un egoísta, pero esto ya se volvía tedioso. No me era posible disfrutar los días de lluvia, ya que junto a las gotas caídas del cielo, sabía que pronto llegarían las otras gotas, las tibias lágrimas que corrían por su rostro.
¡Hay su hermoso rostro! Fogosidad que me tenía en trance y me obligaba a satisfacer hasta sus caprichos más ingratos. Sus ojos y su boca eran tan grandes que su mirar y sus palabras me embriagaban y nuestro amor o más bien mi amor por ella, llegaba a veces tener un aspecto demoniaco. Su calor se deslizaba por mi cuerpo dejándolo exhausto. Nos aclamábamos placer el uno al otro con miradas y cuando hacíamos el amor ella disfrutaba de clavar sus uñas en mi espalda, y yo disfrutaba sus uñas clavadas en mi.
 Me gustaba su cuerpo, el que conocí en profundidad y llene de besos con mi lengua en cada rincón. Pero ella era sensual por su inteligencia, por su amor a la vida, y el arte, por su imaginación, por su fuerte convicción. Ella era todo lo que siempre desee. (¿ser?)
¿Cómo era posible que semejante mujer se derrumbe por una simple lluvia? Ella había pasado tantas cosas en su vida, era tan fuerte para todo. Sabía como actuar a cada momento, sabía lo que quería, y cuando no se cumplía lo que anhelaba buscaba alguna forma de complacer aunque sea a medias sus deseos. Pero los días de lluvia dejaba de ser. Perdía toda convicción, perdía toda sensualidad. Esa mujer fugazmente se convertía en una niña, se dormía en mi pecho, me apretaba fuerte la mano y no dejaba que me moviera. Tenía pesadillas, lloraba. Las tormentas que había afuera, eran incomparables con sus tormentas interiores. Repito, no es egoísmo. Soporte sus llantos 12 años. Doce años en los que cada día de lluvia, me sentí perdido, me sentí idiota por no saber cómo reaccionar. Es que nunca supe, y nunca sabré, cuál era mi verdadera compañera.
¿La mujer fuerte de ojos grandes, que me enamoraba, me atrapaba y me hacia complacer sus deseos como si fuera un ciervo a su merced? ¿O la niña tierna, desamparada y sumisa que pedía a gritos mi ayuda y apretaba mis manos con miedo a la soledad? ¿Y yo? ¿Cual prefería? En verdad quería ser el enamorado indefenso ante sus ojos? ¿Me gustaba cuando ella estaba a mi merced? ¿Dependía de mí su felicidad, tal como la mía? ¿En qué papel quería estar? Podría disfrutar el papel que me tocara a cada momento… Pero los días que mi amor tan inmenso se volvía pesadamente insoportable, cuando no soportaba su convicción, porque no era la mía, y porque todo lo que tenia ella era lo que a mí me faltaba, anhelaba la lluvia. Pero cuando pasaban días seguidos de tormenta, extrañaba someterme al amor de aquella mujer. ¿Qué es lo que necesitaba realmente?. No tuve tiempo a tomar una decisión. Hoy, otro día de diluvio, recuerdo ese último día de lluvia que pasamos. La observo a ella desde aquí, solitaria en su cama. Abrazada a su
almohada, y veo que tan débil era. Y que débil fui. Creo que nos necesitábamos el uno al otro… y a veces me arrepiento de tanta embriaguez, y a la vez no.

No hay comentarios:

Publicar un comentario